Las alas de las hormigas

Es cierto, nos fumigan.

fumigacion

Miramos furtivamente al cielo y consideramos normal que un avión que lo atraviesa deje tras de sí surcos que se extienden de un lado al otro del horizonte. Poco a poco, estos surcos se hacen más grandes y se entremezclan unos con otros cubriendo el cielo con una neblina de aspecto lechoso y antinatural que sin viento ni lluvias puede llegar a permanecer días en el cielo. Estos rastros son conocidos como chemtrails (estelas químicas) y de normal tienen muy poco, por mucho que se esfuercen los meteorólogos en convencernos de lo contrario. En la actualidad, unos 93.000 vuelos comerciales con motores a reacción surcan a diario los cielos del mundo, despegando y aterrizando en más de 9.000 aeropuertos. Entre 8.000 y 13.000 aviones sobrevuelan la superficie terrestre en cualquier momento del día o la noche. Con semejante tráfico, lo normal es que cientos de aviones lleguen a trazar su ruta sobre nuestras cabezas en tan sólo un día, pero solo unos pocos dejan chemtrails tras de si y suelen hacerlo en la franja de altitud en que condensan las nubes (entre los 1.000 y los 3.000 metros de altura) en un continuo movimiento de ida y vuelta. En cambio, los verdaderos aviones de uso comercial emiten como mucho los inofensivos contrails (estelas de condensación), ya sea volando a 9.000 metros, a 6.000 metros o a menos de 3.000 metros de altura, incluso perforando los chemtrails que otros aviones si han dejado. Los contrails son finas gotas de agua condensadas o cristales de hielo y su aparición dependerá esencialmente de dos factores: la humedad del ambiente y las bajas temperaturas. Según el meteorólogo Thomas Schlattes de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EEUU los contrails se forman sólo a temperaturas de -24°C y a niveles de humedad relativa del 70% o superior. Al nivel del suelo, pueden aparecer en climas extremos (Antártida, Ártico…) y son una seria limitación para la circulación aérea. En altura, las condiciones para su aparición se dan normalmente a partir de los 9.000 metros y pueden llegar a permanecer visibles varios segundos o incluso algún que otro minuto antes de que el viento o la inercia las dispersen. Una vez dispersas, dejan el cielo tan claro como estaba antes de su aparición. Otra cosa, muy diferente, es pretender que se puedan formar amplias nubes de cristales de hielo que acaban cubriendo totalmente el cielo, si la temperatura, la humedad relativa y las condiciones de vaporización son favorables para su desarrollo. Eso no es posible. Si los contrails se transforman en nubes se puede concluir que el material de composición no es natural, son productos químicos y se trata de chemtrails. Una prueba concluyente de la anormalidad de la formación de chemtrails en los vuelos comerciales es la inexistencia de pruebas fotográficas, anteriores al año 1995, en las que se vea un avión comercial dibujando estas estelas en el cielo,  provocando una neblina lechosa que cubre todo el cielo. Teniendo en cuenta que el primer avión comercial con motores a reacción fue el “De Havilland Comet“ que en mayo de 1952 realizó el vuelo Londres-Johannesburgo en 24 horas, con cinco escalas intermedias, deberían verse chemtrails en muchos documentos gráficos realizados desde entonces. Visualiza cualquier película filmada entre los años 1952 y 1995 e intenta encontrar chemtrails o neblinas lechosas. Resulta imposible. Después haz lo propio con las películas filmadas entre 1995 y la actualidad. Están por todas partes, incluso en los cielos de algunas películas de animación y en un gran número de anuncios publicitarios. Sorprendente, ¿no crees?. Pues no lo es para los cada vez más numerosos observadores que otean los cielos todos los días. Estos observadores no son gruñones profesionales o ufólogos de salón. Son aficionados a la aviación, médicos, científicos, policías, periodistas íntegros y gente que sufre irritaciones oculares o bronquitis, alergias y fatiga, a causa de la basura que dispersan las estelas químicas. Pertenecen a todas las clases sociales y llevan años investigando el tema en pro de la salud pública y medioambiental. Incluso se ha creado una red de observadores en Internet extremadamente activa que monitorea la actividad chemtrail en los cielos de diferentes ciudades del mundo. Miles de fotografías se suben a la red, cada vez que los chemtrails trazan sus dibujos en el cielo. Y muchos mensajes de esperanza se repiten, cuando por el espacio de unos días, las estelas dejan de aparecer. Por desgracia, siempre vuelven.

Carlos Martín “Las alas de las hormigas” – 2013
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